Apurímac: Se apagó el canto intenso de “Pichinkucha”

Guitarrista e intérprete de música andina, Manuel Silva Solorzano falleció el día de ayer, dejando un gran legado en el país. Aunque nació en Lima por azar, el 17 de julio de 1934, Manuel Silva creció en la tierra de sus padres, Caraybamba, provincia de Aymaraes, en Apurímac.

Su papá fue un cabo de la Guardia Republicana a quien le gustaba cantar huaynos con la guitarra. Algunos de esos huaynos fueron parte del repertorio del “Conjunto Caraybamba”, el primer grupo que integró. Ese detalle conmovió al mismísimo José María Arguedas, sin embargo, lo que más lo estremeció fue el estilo de cantar de Manuel Silva.

En 1948 Manuel Silva hizo su primera presentación en el Teatro Varela, en Breña. Tenía 14 años. El público quedó impactado. En 1950 el mítico Luis Pizarro Cerrón, director del programa Sol de los Andes, que difundía radio El Sol, lo invitó a cantar en vivo y en directo en los estudios de la emisora, en el centro de Lima. Para un muchacho que recién empezaba, saltar del coliseo a la radio era un reconocimiento que no esperaba aún. Sin embargo, las compañías disqueras todavía no se habían percatado de este fenómeno del canto andino.

Tardaron en darse cuenta del mercado potencial que constituía la masa de migrantes. Es por eso que Manuel Silva Solórzano tuvo que esperar casi veinte años, contados desde su debut, para grabar su primer álbum.

La disquera quedó sorprendida por la acogida del primer disco. Los migrantes andinos constituían un mercado ansioso de música tradicional. Así que “Pichinkucha” publicó Llanto por llanto (1968), Mis alegrías y mis tristezas (1970), Llora conmigo, guitarra (1972), La voz de mi guitarra (1974) y Hermano, yo te canto (1976). Después seguiría el miniplay “Canto por no llorar” (1978) entre otros discos que posteriormente grabaría.

El maestro Manuel Silva “Pichinkucha”, guitarra, voz y sentimiento, partió de este mundo dejando una estela de dolor entre los ejecutantes de la música andina. Quienes los conocieron lo recuerdan como un caballero, siempre con su guitarra en mano. A veces regalaba un canto alegre o un canto triste. Adiós maestro. Caraybamba te llora.